Desde
mi estrella contemplo la tierra.
¡Qué
diferente es de cuando subí!
Entonces
aún era un planeta azul…
Ahora,
apenas es una esfera gris.
Los
hombres buscan desesperadamente otro mundo para no extinguirse.
Hay
momentos que pasan entre mi energía, recuerdos de mi existencia allá abajo,
ráfagas de mi vida en la tierra. No hay sentimientos ni malos ni buenos…solo
pasan.
Me
llamo… mejor, me llamaba Jan. Nací en una familia humilde de campesinos en una
pequeña aldea. Delante de la casa, al otro lado de la calle, teníamos un corral
donde estaba la cuadra del macho, las porqueras, el gallinero y, en el patio,
el carro.
Mi
abuelo era el dueño de un campo de olivos que nos daba aceite para todo el año.
El que sobraba lo vendía, así entraba algo de dinero en casa. Mi padre tenía
una viña; en medio de ella, había una barraca. ¡Nos encantaba ir a la viña con
el carro tirado por el caballo gris! ¡Me parecía tan grande y era tan bueno!
Éramos
tres hermanos, Julia, Elia y yo. Yo era el mayor. A menudo, tenía que cuidar de
las niñas pues nuestros padres tenían que trabajar, ya en el campo, ya
vendiendo en los mercados de otros pueblos vecinos. No me gustaba quedarme con
ellas porque la pequeña no hacía más que llorar; yo no sabía cómo consolarla.
Un día,
Elia se puso muy enferma. Mi madre la llevó al hospital de la ciudad y allí
pasó tres meses. Mientras, nosotros vivíamos con unas hermanas de nuestro
padre. La enfermedad de mi hermana fue muy grave. Al salir del hospital, los
médicos nos aconsejaron ir a vivir en plena naturaleza, donde el aire y el sol
le devolverían la salud.
Los
medios de la familia eran precarios, no podían alquilar una casa en la montaña…
Así que nos fuimos a vivir a la barraca del viñedo. Con nosotros nos llevamos a
la perrita Luna, mi madre decía que nos haría compañía y nos cuidaría. Mi padre
arregló un poco la vivienda. La pequeña casita constaba de una estancia que nos
servía de dormitorio a todos y otra para comedor-cocina. Había lo mínimo, pero
Elia empezó a mejorar aquella primavera. El sol y el aire libre iban dado color
a su blanca piel. En verano, medio desnudos, corríamos entre las parras, el
huerto y los caminos.
A unos
minutos de la viña, cerca del barranco, pasaba la vía del tren. Desde lejos lo
sentimos silbar y veíamos la locomotora echando un humo tan negro como el
carbón que quemaba, como arrastraba los vagones de madera. Muchos días nos
acercábamos a verlo pasar.
Nunca
olvidé aquel día.
Como
tantos otros, nuestros padres se fueron temprano.
Cuando
desperté el sol estaba muy alto.
En la
calle lloraba Julia.
Salí
corriendo para ver qué pasaba:
- ¡Elia
no estaba! Luna, tampoco.
La
buscamos por el huerto, por el viñedo, por el camino que llevaba al manantial.
Gritábamos con todas nuestras fuerzas su nombre sin obtener respuesta. Yo
sentía una gran angustia y contenía las ganas de llorar. Tenía que ser fuerte,
¡era el hombre de la casa! Un hombre de ocho años responsable de una niña de
seis y otra de cuatro que ¡se me había perdido!
Julia
tuvo una idea:
-¿Y si
vamos hasta el campo de garbanzos?
- Está
muy lejos- dije yo.
Corrimos tan rápido como podíamos y llamando a
gritos ¡Eliaaaa!
Era
mediodía y el sol apretaba rabiosamente. Por fin, a nuestro encuentro, vino
corriendo Luna que nos llevó hasta donde, cansada y asustada, estaba Elia. Nos
abrazamos todos llorando. Luna, dando saltos de alegría, jugaba a nuestro
alrededor. Nunca supieron nuestros padres lo que pasó aquel día.
A
mediados del otoño nos volvimos al pueblo con una Elia fuerte y saludable.
Pasaron
algunos años.
El
abuelo marchó.
Mi
madre encontró trabajo en una fábrica cerca de la ciudad.
Al
salir de la escuela jugábamos por las calles sin peligro.
Por
aquellos tiempos llegaron dos hermanos más.
Unas
buenas vecinas cuidaban de los pequeños y de nosotros cuando salíamos de la
escuela
Por
mucho que trabajaran nuestros padres el dinero no llegaba a final de mes. Así
que a las chicas se las llevaron lejos de casa para que pudieran estudiar y
aligerar las cargas familiares. Yo empecé a trabajar.
Pasaron
algunos años.
Cuando
Julia y Elia volvieron a casa todo fue diferente. Todos éramos mayores. Las
chicas encontraron trabajo en la ciudad. Todos tomamos nuestros caminos. A unos
les fueron mejor las cosas que a otros. Aunque no nos veíamos mucho, cuando uno
necesitaba algo allí estábamos todos.
Después
yo.
En mis
tiempos la gente se ayudaban unos a otros, podías confiar en los vecinos, las
puertas de las casa estaban abiertas para quien quisiera pasar.
Antes
de subir a mi estrella, el mundo empezó cambiar, el odio y la envidia entro en
el corazón de los humanos.
Desde
aquí arriba he visto cómo se destruyen pueblos y selvas. Ensucian ríos y mares.
Ahora ya es tarde para volver atrás y salvar la tierra. ¿De qué ha servido
tanta codicia y maldad si todos han de marchar y nada se podrán llevar?
Humanos,
aprended del pasado. Si lográis sobrevivir no cometáis los mismos errores.
Fin
Amigas, os dejo un relato más, deseo que os gusté un poquito. Gracias por pasaros por aquí y por vuestras palabras de ánimo. Por vosotras me esfuerzo a seguir con este blog-Hasta pronto.
reser
Fin
Amigas, os dejo un relato más, deseo que os gusté un poquito. Gracias por pasaros por aquí y por vuestras palabras de ánimo. Por vosotras me esfuerzo a seguir con este blog-Hasta pronto.
reser






11 comentarios:
Hola, Roser.
¡No se te ocurra cerrar el blog, por favor!
Este cuento es maravilloso, has descrito en pocas líneas el antes y el después perfectamente, con esta historia tan tierna y natural... que nos lleva a la reflexión de nuestra existencia.
¡Te doy un diez! ¡Me ha encantado! Así que ya puedes ir preparando otras historias similares, jejeje.
Que tengas feliz fin de semana.
Un abrazo.
Un cuento precioso, eres única relatando cositas tiernas.
Besitos guapa
Espero y deseo que todos los humanos que lean tu relato cuiden y enseñen a cuidar la Tierra.
Me ha encantado, es precioso. También me ha hecho recordar la vida en los pueblos...
Un beso desde Madrid
Hola Roser.
Una vez más tengo que decirte que me encanto tu cuento, esta lleno de sensibilidad, una sensibilidad de la cual todos deberíamos mojarnos un poco más y, entre todos mimarlo mucho más y, cuidarlo. Deberíamos reflexionar un poco sobre este tema tan importante.
Gracias por compartirlo.
Abrazos.
Rosa.
Hola, Roser. Perdona que no haya pasado antes por aquí, pero como nos vemos en la plaza... jeje
Tu relato es muy bueno, amiga. Me ha gustado mucho porque sabes contar y transmitir sentimientos y eso es lo que hay que hacer al escribir.
Te digo como nuestra amiga Piedad: no se te ocurra cerrar el blog y sigue escribiendo.
Sabes que puedes contar conmigo.
Te mando un fuerte abrazo.
Le diremos a Conchi que no se le ocurra hacer una convocatoria para escribir cuentos porque entre Piedad y Tu arrasaríais. Me ENCANTÓ.
Besos. Loli.
Mi querida Roser, no se si eres madre, pero por si acaso, Felicidades.
Sino tienes hijos, también te felicito porque dan mucha guerra, jajaja.
Un beso
HOLA ,ROSER QUE BONITO TIENES EL BLOG ,ME GUSTA ENTRAR Y VER TODO LO QUE PONES ,
¡¡SABES QUE EL DOMINGO VAMOS AL CASTILLO ¡¡VIENEN MUCHAS ANTIGUAS ,
UN BESO GUAPA
ANIMO ,AMIGA SIGUE A SI ,CON TUS CUENTOS TAN PRECIOSOS Y TUS RELATOS CORTOS ,UN BESO
Paso a saludarte y darte las gracias por tu visita. Ya te he contestado en mi blog.
Un abrazo cariñoso
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