sábado, 29 de marzo de 2014

DESDE MI ESTRELLA



Desde mi estrella contemplo la tierra.
¡Qué diferente es de cuando subí!
Entonces aún era un planeta azul…

Ahora, apenas es una esfera gris.
Los hombres buscan desesperadamente otro mundo para no extinguirse.


Hay momentos que pasan entre mi energía, recuerdos de mi existencia allá abajo, ráfagas de mi vida en la tierra. No hay sentimientos ni malos ni buenos…solo pasan.
Me llamo… mejor, me llamaba Jan. Nací en una familia humilde de campesinos en una pequeña aldea. Delante de la casa, al otro lado de la calle, teníamos un corral donde estaba la cuadra del macho, las porqueras, el gallinero y, en el patio, el carro.
Mi abuelo era el dueño de un campo de olivos que nos daba aceite para todo el año. El que sobraba lo vendía, así entraba algo de dinero en casa. Mi padre tenía una viña; en medio de ella, había una barraca. ¡Nos encantaba ir a la viña con el carro tirado por el caballo gris! ¡Me parecía tan grande y  era tan bueno!
Éramos tres hermanos, Julia, Elia y yo. Yo era el mayor. A menudo, tenía que cuidar de las niñas pues nuestros padres tenían que trabajar, ya en el campo, ya vendiendo en los mercados de otros pueblos vecinos. No me gustaba quedarme con ellas porque la pequeña no hacía más que llorar; yo no sabía cómo consolarla.
Un día, Elia se puso muy enferma. Mi madre la llevó al hospital de la ciudad y allí pasó tres meses. Mientras, nosotros vivíamos con unas hermanas de nuestro padre. La enfermedad de mi hermana fue muy grave. Al salir del hospital, los médicos nos aconsejaron ir a vivir en plena naturaleza, donde el aire y el sol le devolverían la salud.
                    

Los medios de la familia eran precarios, no podían alquilar una casa en la montaña… Así que nos fuimos a vivir a la barraca del viñedo. Con nosotros nos llevamos a la perrita Luna, mi madre decía que nos haría compañía y nos cuidaría. Mi padre arregló un poco la vivienda. La pequeña casita constaba de una estancia que nos servía de dormitorio a todos y otra para comedor-cocina. Había lo mínimo, pero Elia empezó a mejorar aquella primavera. El sol y el aire libre iban dado color a su blanca piel. En verano, medio desnudos, corríamos entre las parras, el huerto y los caminos.
A unos minutos de la viña, cerca del barranco, pasaba la vía del tren. Desde lejos lo sentimos silbar y veíamos la locomotora echando un humo tan negro como el carbón que quemaba, como arrastraba los vagones de madera. Muchos días nos acercábamos a verlo pasar.
Nunca olvidé aquel día.
Como tantos otros, nuestros padres se fueron temprano.
Cuando desperté el sol estaba muy alto.
En la calle lloraba Julia.
Salí corriendo para ver qué pasaba:
- ¡Elia no estaba! Luna, tampoco.
La buscamos por el huerto, por el viñedo, por el camino que llevaba al manantial. Gritábamos con todas nuestras fuerzas su nombre sin obtener respuesta. Yo sentía una gran angustia y contenía las ganas de llorar. Tenía que ser fuerte, ¡era el hombre de la casa! Un hombre de ocho años responsable de una niña de seis y otra de cuatro que ¡se me había perdido!
Julia tuvo una idea:
-¿Y si vamos hasta el campo de garbanzos?
- Está muy lejos- dije yo.
 Corrimos tan rápido como podíamos y llamando a gritos ¡Eliaaaa!
Era mediodía y el sol apretaba rabiosamente. Por fin, a nuestro encuentro, vino corriendo Luna que nos llevó hasta donde, cansada y asustada, estaba Elia. Nos abrazamos todos llorando. Luna, dando saltos de alegría, jugaba a nuestro alrededor. Nunca supieron nuestros padres lo que pasó aquel día.



A mediados del otoño nos volvimos al pueblo con una Elia fuerte y saludable.
Pasaron algunos años.
El abuelo marchó.
Mi madre encontró trabajo en una fábrica cerca de la ciudad.
Al salir de la escuela jugábamos por las calles sin peligro.
Por aquellos tiempos llegaron dos hermanos más.
Unas buenas vecinas cuidaban de los pequeños y de nosotros cuando salíamos de la escuela
Por mucho que trabajaran nuestros padres el dinero no llegaba a final de mes. Así que a las chicas se las llevaron lejos de casa para que pudieran estudiar y aligerar las cargas familiares. Yo empecé a trabajar.
Pasaron algunos años.
Cuando Julia y Elia volvieron a casa todo fue diferente. Todos éramos mayores. Las chicas encontraron trabajo en la ciudad. Todos tomamos nuestros caminos. A unos les fueron mejor las cosas que a otros. Aunque no nos veíamos mucho, cuando uno necesitaba algo allí estábamos todos.
Primero marcharon mis padres…
                                     
Después yo.
En mis tiempos la gente se ayudaban unos a otros, podías confiar en los vecinos, las puertas de las casa estaban abiertas para quien quisiera pasar.
Antes de subir a mi estrella, el mundo empezó cambiar, el odio y la envidia entro en el corazón de los humanos.
Desde aquí arriba he visto cómo se destruyen pueblos y selvas. Ensucian ríos y mares. Ahora ya es tarde para volver atrás y salvar la tierra. ¿De qué ha servido tanta codicia y maldad si todos han de marchar y nada se podrán llevar?
Humanos, aprended del pasado. Si lográis sobrevivir no cometáis los mismos errores.
Fin

Amigas, os dejo un relato más, deseo que os gusté un poquito. Gracias por pasaros por aquí y por vuestras palabras de ánimo. Por vosotras me esfuerzo  a seguir con este blog-Hasta pronto.
reser





11 comentarios:

Piedad dijo...

Hola, Roser.
¡No se te ocurra cerrar el blog, por favor!

Este cuento es maravilloso, has descrito en pocas líneas el antes y el después perfectamente, con esta historia tan tierna y natural... que nos lleva a la reflexión de nuestra existencia.

¡Te doy un diez! ¡Me ha encantado! Así que ya puedes ir preparando otras historias similares, jejeje.

Que tengas feliz fin de semana.

Un abrazo.

Marta dijo...

Un cuento precioso, eres única relatando cositas tiernas.
Besitos guapa

Maria De Los Ángeles dijo...

Espero y deseo que todos los humanos que lean tu relato cuiden y enseñen a cuidar la Tierra.
Me ha encantado, es precioso. También me ha hecho recordar la vida en los pueblos...
Un beso desde Madrid

rosa mis vivencias dijo...

Hola Roser.
Una vez más tengo que decirte que me encanto tu cuento, esta lleno de sensibilidad, una sensibilidad de la cual todos deberíamos mojarnos un poco más y, entre todos mimarlo mucho más y, cuidarlo. Deberíamos reflexionar un poco sobre este tema tan importante.

Gracias por compartirlo.

Abrazos.
Rosa.

Conchi dijo...

Hola, Roser. Perdona que no haya pasado antes por aquí, pero como nos vemos en la plaza... jeje
Tu relato es muy bueno, amiga. Me ha gustado mucho porque sabes contar y transmitir sentimientos y eso es lo que hay que hacer al escribir.
Te digo como nuestra amiga Piedad: no se te ocurra cerrar el blog y sigue escribiendo.
Sabes que puedes contar conmigo.

Te mando un fuerte abrazo.

loli dijo...

Le diremos a Conchi que no se le ocurra hacer una convocatoria para escribir cuentos porque entre Piedad y Tu arrasaríais. Me ENCANTÓ.

Besos. Loli.

Maria De Los Ángeles dijo...

Mi querida Roser, no se si eres madre, pero por si acaso, Felicidades.
Sino tienes hijos, también te felicito porque dan mucha guerra, jajaja.
Un beso

piluca dijo...

HOLA ,ROSER QUE BONITO TIENES EL BLOG ,ME GUSTA ENTRAR Y VER TODO LO QUE PONES ,
¡¡SABES QUE EL DOMINGO VAMOS AL CASTILLO ¡¡VIENEN MUCHAS ANTIGUAS ,
UN BESO GUAPA

piluca dijo...

ANIMO ,AMIGA SIGUE A SI ,CON TUS CUENTOS TAN PRECIOSOS Y TUS RELATOS CORTOS ,UN BESO

piluca dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Maria De Los Ángeles dijo...

Paso a saludarte y darte las gracias por tu visita. Ya te he contestado en mi blog.
Un abrazo cariñoso